Superposición del sitio

Epílogo: el comienzo de todo. (Alejandría)

Por donde comenzar es algo complicado, pero supongo que todo comenzó con mi familia, con el transcurso de una vida ya vivida, y con el reconocimiento de ella por parte de mis seres queridos.

Un día, cuando ya el pasado parecía disiparse, decidimos celebrar un día de conocimiento y convivencia en las inmediaciones de la librería. Mi hogar y mi lugar de trabajo durante años, durante décadas, y casi toda mi vida. Un lugar del cual aún soy dueño, aunque no sea el conductor principal de su día a día.

Aquel día de convivencia, no solo se pretendíamos tener una jornada de puertas abiertas, sino que además celebrábamos el nuevo cargo de mi hija como nueva regenta de la librería. Por aquel entonces era una joven hermosa, lista y con muchas ganas de agradar a todos, algo que no ha cambiado con los años. Hasta aquel día ni ella ni yo nos sentíamos en nuestra nueva piel, la librería la seguía siendo mía, y para ella seguirá siendo el negocio familiar, pero todo había empezado a cambiar. Ella sería la principal representante de Alejandría y yo, un simple espectador que lo vería todo desde el patio de butacas. Todos sabían la verdad, pues, ella ya llevaba tiempo haciéndose cargo de casi todo, aunque seguía siendo yo, la cara visible para muchos de nuestros amigos, vecinos y clientes más fieles. Alejandría era sinónimo de Francisco desde hacía demasiado tiempo, pero todo era acostumbrarse al nuevo cambio de roles. El cambio de roles a veces hay que hacerlo sutilmente para que sea acogido por las masas, y eso era precisamente lo que habíamos ido haciendo de un tiempo a aquella parte, aunque no fuésemos conscientes de ello. Ella optaba a un cargo, que se había ganado de sobra, al igual que yo, me había ganado de sobra mi jubilación.

Espero que todos sepan, que todo llega en la vida, aunque a veces no veamos la luz al final del túnel, pero todo llega, de eso no hay que dudar. Y al igual que a ustedes hoy, a nosotros ayer. Pues lo que un día abrimos mi mujer y yo con toda la ilusión del mundo, llegaba a su fin. No se cerraría la librería, pero ya no nos reflejaría a nosotros, sino a las nuevas generaciones. Todo lo vivido en aquellas cuatro paredes se quedaría allí, y unido a la librería siempre. Sin olvidar que, siempre que alguien recordase alguno de aquellos momentos, lo vivido seguiría vivo. Nunca caerá en el olvido, lo que nunca será olvidado.

Volviendo a ese día, todos los allí presentes, queríamos que fuese algo de lo más especial. Feliz, aunque hubiese nostalgia por lo perdido, por la gente que ese día no nos acompañaría, por las historias que nos devolverían a nuestro pasado, pero siempre con una sonrisa. Invitamos a todos los amigos de la librería, a los vecinos y los residentes del municipio. Organizamos una exposición de pintura, de las obras de una pintora joven y autóctona de la tierra, liberamos pequeños espacios para cuentacuentos y lecturas de grandes historias que estaban guardadas en los estantes, y nos unimos todos al ambiente con degustaciones gastronómicas, y musicales, un 23 de abril de lo que parecen mil años atrás.

Aquel día, no solo la librería era la protagonista, sino que, por decirlo de alguna forma, una pequeña hermana se unió a la fiesta, la Asociación Sociocultural “La Panda”, situada justo en el otro extremo de la plaza, y nacida del amor por la amistad, la inocencia y las risas y llantos de cuatro jóvenes amigas que se unirían en una sola, allá por el verano de 1999.

Aquella jornada transcurrió como se esperaba, llena de anécdotas nuevas, amigos de siempre, familias unidas, amantes del arte y la literatura, y mucha música ambiental. Una de las canciones que más nos conmovió a todos fue Color Esperanza de Diego Torres, un cantante argentino que con aquella canción marcaría un antes y un después en nuestra joven pintora, Andrea. Aquel día hubo gente de siempre como Fallou y Fatima, con su pequeña Luna, que ya no era tan pequeña, Alex y Sira con sus hijos, Víctor y Kailea. Rose, Rebeca y Karen, como tres patas para un banco, estaban que no se lo creían de los nervios, habían conseguido montar su rincón de la amistad y querían que todo el mundo disfrutase de ello. Nieves y Julia, con sus largas melenas al viento y viendo como sus pequeños jugaban como si hermanos fuesen, estaban cerca de ellas, aunque realmente de la que eran amigas todas era de Andrea. Pero ese día era para todos, fuesen amigos de quien fuesen, pues se intentaba crear un entorno «jariq«. La Buhardilla no dejaba de abrir sus puertas a clientes y clientes que bajo aquel sol necesitaban hidratarse cada poco, Samuel y Victoria iban y venían echando fotos para montar un vídeo y exponerlo al final de la jornada. Pietro, sonreía a todo el mundo y les daba la mano como el gran hombrecito que ya era, Luke y Carlos no dejaron ni un instante que el silencio se adueñase del día, uno al piano y otro a la guitarra, se entendían con solo mirarse. Sophie, jugaba con todos los pequeños que veía y era la gran relaciones públicas del evento, Isabella recomendaba libros a todos, y Sira apuntaba cada cosa que ésta decía. Micaela lo miraba todo desde una distancia prudencial y cada poco se limpiaba disimuladamente una lagrimilla que se aventuraba mejilla abajo, mientras Ana y Ali no le quitaban el ojo de encima, aunque intentaban disimularlo a toda costa. Marta y Luna lo pasaban en grande viendo como todos iban y venían, y sobre todo viendo como su amiga Sophie estaba como pez en el agua. Oscar y Alan traían de cabeza a Ruth, que no podía perderlos de vista ni un solo momento. Mientras que Simon se había integrado bien entre aquellas gentes, tanto que parecía más autóctono que muchos de los que habían residido allí siempre. Y aunque no físicamente, allí estaban Don Marcial y su hija, aquellos dos seres puros que nos cuidaban y guiaban allá donde fuésemos.

Y entre toda esa gente, allí estaba yo, que disfrutaba de lo que veía. Recuerdo que me sentía muy feliz de ver como mis hijos y sus amigos ya no eran tan pequeños, y ver lo orgullosa que estaría siempre su madre de ellos, pero dentro de tanta alegría, mi corazón albergaba la tristeza más grande de toda mi vida. Disimulaba ante todos, pero mi corazón estaba partido en pedazos, aunque tuviese ante mí lo más maravilloso del mundo, mi vida nunca volvería a tener la vitalidad del sol naciente.

Atentamente, su amigo, Francesco.

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